Lo inalcanzable
Por Juan Di Loreto


1
Ellos, los ángeles, están sin estar; sus miradas les devuelven una realidad en blanco y negro, distante; son, apenas, un soplo, un abrazo imperceptible, un murmullo lejano, una mano invisible que acompaña a los hombres y las mujeres que discurren por Berlín.
2
Las alas del deseo (1987) de Win Wender nos plantea un poema fílmico sobre la imposibilidad y el deseo. La película es un detallado recorrido por las calles de Berlín a través de la mirada de dos ángeles (interpretados por Bruno Ganz y Otto Sanders), cuya misión es registrar la vida de los hombres y darles fuerza para seguir adelante. Nadie los puede ver ni intuir, sólo los chicos sienten su presencia.
3
“Cuando el niño era niño, caminaba balanceando los brazos. Quería que el arroyo pudiese ser un río, el río un torrente y este charco pudiese ser el mar. Cuando el niño era niño, no sabía que era niño. Todo estaba lleno de vida, y la vida era única. Cuando el niño era niño, no tenía opinión sobre nada. No tenía costumbres. Se sentaba a menudo con las piernas cruzadas, salía corriendo, tenía un remolino en el pelo, y no hacía muecas cuando le fotografiaban”, nos canturrea la voz en off al principio del film.
4
En su andar solitario, los ángeles oyen los pensamientos de los hombres en el tren, en la calle, en un circo. Son espectadores de una vida, cualquier vida, que sin embargo anhelan. Son testigos mudos de las pasiones y de las tristezas de los otros. Son, en definitiva, seres sin experiencia que nunca han visto los colores, que no han sentido una ráfaga de viento helado en sus rostros, que nunca dicen ahora, porque están atrapados en la eternidad.
5
La marca de los ángeles es la soledad divina. Lo cotidiano, las costumbres, las pequeñas cosas son su deseo, las formas que lo inalcanzable tiene para ellos. Porque no dejan de ser forasteros sobre la tierra, entre los hombres.






Susurro en las sombras (seleccionado convocatoria "Mentime que me gusta")
Por Alberto Sánchez Arguello

Miguel se arrecostó en su cuarto, estaba solo en casa y ya estaba atardeciendo, por la ventana se miraba la caída del sol y las sombras de los objetos se alargaban hacia la pared y parecían como si fueran las siluetas de personas que guardaban silencio ante el fin del día.



Cuando quiso prender la lámpara de su mesa de noche, se dio cuenta que no había electricidad, asi que se quedo ahí, absorto con el fin de la luz, sin animo de moverse demasiado, con la energía suficiente para no cerrar los ojos completamente y con la pereza necesaria para no querer ir por una vela, poco a poco se fue durmiendo, sin darse cuenta del manto de sombra que le fue envolviendo.



Finalmente abrió los ojos y fue como si no los hubiese abierto, la noche era tan cerrada que ni siquiera podía verse a si mismo. Su cuerpo le dolía todo, sentía los pies helados como, se preguntó si habría algún frente frio que no había anunciado la agencia del clima y sus pensamientos habrían seguido divagando sobre el cambio climático y la temperatura pero un susurro le heló la piel del cuello y escuchó su nombre como si fuera aspirado por un instrumento de viento…



-Miguelll….



Su mente quedó en blanco por algunos segundos y lo único que ocupaba todos sus sentidos era un terror tan intenso que le dolían los músculos de sus brazos y piernas, sabía que era ella, la mujer que había visto en varias ocasiones al atardecer, apenas presente, transparente en el patio de la casa, mirada triste, cabellos desordenados cubriendo parcialmente el rostro, caminando con lentitud, desapareciendo por la esquinas, a veces vista, a veces sentida, apenas con el rabillo del ojo, ella…



Sintió unas manos frías en sus pies y por más que le dijo a sus piernas que se movieran su cuerpo parecía estar lejos, muy lejos de él, tanto que las órdenes de su mente se perdían en medio de aquel espacio oscuro en el que se encontraba junto con ella…



De repente no sintió nada más y cuando creyó que volvía a estar solo sintió la voz pegada a su mejilla



-Miguel, decime que me amas…



El se sintió mareado, apenas consciente, más lejos aún de su cuerpo, casi sin aire, ella seguía repitiendo lo mismo y cada vez que susurraba el sentía menos y menos energía, hasta que él también susurro que la amaba y su boca se movía sin que el se lo pidiese…



Allá a lo lejos la luna empezó a asomar su rostro por la ventana y al iluminar el cuarto vio a Miguel en su cama, susurrando su mentira, sin alma ni energía…










Ana no juega (seleccionado convocatoria "Mentime que me gusta"
Por Lorena Cafardo



Ana no juega, no escupe, ni salta. Ana no duerme. Sus trenzas que recogen su ondulado pelo descolorido imaginan cosas que no son ciertas. Pero ella no se da cuenta. Ana se aventura a nuevas travesías, desfallece y vuelve a vivir. Ana se enferma, tiene alergias, y un viejo piano de cola la acompaña en sus tardes grises de encierro en el bungalow de sus padres. Ana usa borsegos y remeras grandes. Ana silba por lo bajo un tema de Los Beatles mientras mira por su ventana la vida pasar.

Ana miente. Se esconde. Se flagela. Se perdona, y vuelve a mentir. Ana ama, con dudas y certezas, ama.

Paco, su edulcorado novio, la está por dejar. Ana aún no lo sabe.



Estrella, su madre, tiene leucemia. Ana no piensa en ello. No lo concibe. Lo niega. Lo esquiva con charlas aguadas con su terapeuta. No hace el duelo de la enfermedad, y tampoco el de su inminente muerte. Ana no lo procesa. Prefiere llenarse las horas trabajando como maestra de música y, en sus ratos libres, dedicarse a la manifestación con su cuerpo en algunas disciplinas... a expresar más allá de todo.



Hoy Ana, por primera vez, va a visitar a su madre a la clínica donde está internada.

No sabe si comprar flores, un chocolate Milka o un innecesario oso de peluche. Prefiere las manos vacías y una sonrisa que miente.
Al llegar ve a Estrella leyendo “Sobre héroes y tumbas” por vez número mil. Su madre cierra el libro y lo apoya sobre la mesa de luz. Ana se acerca, le da un beso en su húmeda frente y se sienta del lado izquierdo. Ana parlotea cosas aburridas y sin interés, su madre la mira con detenimiento. Cada tanto Ana toma la mano de Estrella y acaricia su arrugada piel.

Estrella quiere hablar, no sabe de qué ni cómo. Pero quiere vomitar su aliento matinal, asqueroso y denso, retenido desde hace horas. Ana no da lugar. Habla y habla. Sus verdades se acaban, pero todavía quedan largos y espesos minutos hasta las 16:00 hs, horario en el que llegaran los médicos a controlar a su madre. Estrella quiere demostrar que está viva, comienza a balbucear alguna historia con olor a anestesia, pero Ana súbitamente la calla.
La anunciación es inmediata y necesaria. Ana necesita hacerlo para no escuchar los sórdidos murmullos que le recuerdan que está en un lugar de internación, en donde, rodeada de cables, tubos y máquinas con pitidos, se encuentra postrada su madre. El frágil y lánguido tono de voz de su madre la alterará lo suficiente como para no querer volver.



Con ademanes y palabras cargadas le dice que tiene algo importante que revelarle. Utiliza sus dotes actorales para desempeñar su mejor obra. Se para frente a ella, mira su vientre y, llevando sus manos a él, le anuncia la noticia más esperada. Ana está embarazada. Silencio ensordecedor. Estrella sonríe por primera vez en la tarde, pide que su hija se acerque. Ana va hacia ella, se miman mutuamente. Ana no sabe lo que acaba de decir. Su improvisada e insolente mentira, ahora, no tiene marcha atrás.

Estrella, escritora de poemas devenida en ama de casa, recita una de sus prosas. Una que, quizás, la tenga guardada desde siempre esperando este momento.

Ana le cuenta una historia ficticia. No solo oculta y omite cosas reales de su vida que jamás encajarían en el nuevo relato, sino que, como una historia de telenovela de la tarde, cuenta con estructura de suspenso y comedia su novedad.

Estrella lleva una sonrisa sostenida, y solo abre sus pulposos labios para felicitar a su hija.

Por pedido de una enfermera, Ana se debe retirar. Estrella la abraza efusivamente y le dice que la quiere. Ana no contesta y sale de la habitación.



Ana está en el jardín de su casa, hamacándose en un viejo sillón perteneciente a su bisabuelo. Paco llega, besa su tibia frente. Se sienta junto a ella. Comparten la cadencia del andar. Él recorre sus manos con la mirada, mira su tatuaje. Le acaricia el cabello. Paco le dice a Ana que conoció a otra mujer, que no le gusta demasiado pero que necesita de ella.

A Ana le sudan las manos, cierra sus ojos y respira profundo. No entiende que pasa. Se marea. Pone los pies sobre la tierra bruscamente. Intenta pararse de allí, quiere ser distante, alejarse de él, demostrar enojo. Ser superior. Quiere pensar que ella no es la víctima, sino él. Pero no puede. Su vulnerado cuerpo no se despega del sillón.

Ana quiere decir algo contundente y rápido. Quiere devastarlo en una palabra. Necesita llamar su atención.

Ana se siente en un déja vu. Esto le es familiar, y no sabe porqué.

Pero, de repente, y sin saber cómo, aparecen en ella la idea mágica e infalible. Y, ahora renovada, se para imponente sobre el césped amarillento, toma su vientre y miente. Miente para perdurar.














NUESTROS PADRES

Por Marilyn Dietz

Tres hermanas se ven obligadas a mudarse. El lugar que les espera nos es el más confortable. La dignidad se mezcla con el aire nauseabundo del ambiente que va a convertirse en el nuevo hogar que las cobije, si es que de alguna forma puede llamarse a ese sitio.
Conceptos como los de libertad, pobreza, evolución y supervivencia recorren la trama de esta historia que nos lleva a reflexionar hasta que punto somos responsables de las circunstancias que nos tocan vivir. De qué manera nos convertimos en los creadores de nuestras vidas o nos volvemos simples marionetas determinadas por un sistema económico y social que excluye y desintegra sin escapatorias.
Nayla Pose consigue con este trabajo representar en carne viva la exclusión y la opresión de un sistema, que más allá de las crisis, actuales o pasadas, sigue reproduciéndose con todas sus fuerzas.
“Nuestros Padres”, inspirada en la obra “Barranca Abajo” de Florencio Sánchez, nos invita con excelentes actuaciones a reflexionar a cerca de estos temas que nunca pierden vigencia.

FICHA TECNICA: Intérpretes: Rosa: Paz Rototni, Morelia: Lucía Aráoz de Cea, Lorna: Jennifer Permuy, Enedina: Georgina Hirsch, El Titi: Santiago Lozano. Escenografía: Equipo de Teatro EL BRIO. Vestuario: Mariana Paz y Equipo de Teatro EL BRIO. Prensa: Carolina Alfonso. Asistencia de Dirección: Victoria Flores Beltrán. Dramaturgia: Mayla Pose (Supervisión de Patricia Zangaro). Dirección: Nayla Pose y Claudio Quinteros.
Funciones Viernes a las 21.30 EL BRÍO Espacio de investigación teatral
Guatemala 5092. Reservas 4771-7005.
Entradas: $ 25 y $ 15 (descuentos a estudiantes y jubilados)
Ignacio Santillana
Verano comunista

Pasó la depresión pero igual te quedaste unos días sin salir
como el futbolista que elonga después de un partido: transpirado, con sed

tan parecido a esos veranos en carpa
en el que construías tu lugar con una velocidad
que se alimentaba de las leyes físicas de otro mundo
mientras el sol se ocupaba de lo demás

por lo general eran seis en una carpa para tres
conformaban una masa amorfa
en la que nadie sabía cuál de todos los sueños
que se amontonaban en el techo como globos con helio
era el suyo.



Doble filo

Como a muchos, me gusta la lluvia
y no porque sea una bendición campera,
para mí la lechuga crece a la sombra
del techo de una verdulería,
conozco perfectamente el árbol
que cada primavera da latas de arvejas.

Pero de noche, el chapoteo de las gotas sobre las baldosas
me hace pensar en los cuerpos deshilachados
que persiguen los umbrales para arañar un día más.



La prolijidad de algunas cosas

Me pasé el día hablando
con gente que no conocía
intentando ser amable

la amabilidad nos trata mal
es un gol al ángulo en el arco propio:
los demás festejan y nosotros
lustramos nuestro monoambiente de madera
con vista al cielo

eso es el trabajo: una cadena de acciones involuntarias
que dan brillo a nuestra quietud
y elogian nuestra presencia.






ME VOY, ME VOY de Javier Dubra
Por Marilyn Dietz.

De la necesidad de buscar nuestro propio destino es que muchas veces creemos necesario partir. A veces no hacen falta grandes cambios de escenario, ni sueños grandilocuentes o un destino paradisíaco que nos espere pero igual partimos. Una situación que nos agobia, una etapa que se termina, un sentimiento que se modifica o simplemente un día el deseo de vivir una historia diferente nos lleva a movilizarnos y los que se van hoy llegan seguramente a otra parte y así sucesivamente como esa dialéctica acción que llamamos vivir.
Me voy, me voy nos hace pensar sobre estas cuestiones, una familia disfuncional, la llegada de un posible nuevo amigo y el próximo nacimiento de un bebé se superponen con la despedida de dos de sus integrantes.
Algo así como que “de eso se trata vivir”, sin mayores pretensiones, simplemente lo que todos buscamos, ser felices.
Dirección,Javier Dubra ,Elenco,Cecilia Rainero, Noelia Prieto, Luis Contreras, Christian Garcia, Diego Benedetto,Asistentes de Dirección,Natalia Marengo,Francisco Palacios HardyColaboración en dirección ,Gloria Magri ,Asesoramiento en Escenografia,Paolo Baseggio,Diseño de Luces,Aníbal Cattaneo, Caricatura,Natalia Aguerre,Video,Diego Fernandez ,Fotografia,Luz Garcia,Gráfica,Diego Benedetto,Prensa,Claudia Mac Auliffe
ELEFANTE, CLUB DE TEATRO, Soler 3964, Jueves 21hs. Reservas por SMS al 1560582053.
The collector (cuento seleccionado, convocatoria "Mentime que me gusta")
Por Nadia Zimerman



Noviembre 21, 2008 de voluntaddevivirmanifestandose

Colección

Del lat. collectĭo, -ōnis
1. f. Conjunto ordenado de cosas, por lo común de una misma clase y reunidas por su especial interés o valor. Colección de escritos, de medallas, de mapas, de mujeres.
2. f. Gran cantidad de personas o cosas. Colección de cretinos, de despropósitos, de hombres.
3. f. Conjunto de las creaciones que presenta un diseñador de moda para una temporada. Colección primavera-verano, mamas, miembros.
4. f. Acumulación de una sustancia orgánica, celulosa, humus, fluidos.




Coleccionista
com. Persona que colecciona

Y abrió la puerta. Una habitación enorme se desplegó a su paso, de techos altos y paredes blancas, espléndida, a oscuras. El escenario: sillón también blanco; biblioteca vacía; mesa de roble amplia y lo mejor: un jardín al fondo, con un pedazo de cielo. X entró anhelante pero cautelosa, como pisando un campo minado. Él prendió una luz indirecta, lateral, pidió perdón anticipado por un desorden inexistente, siguiendo una fórmula secreta, especie de cliché que desarrollaría con variantes durante la noche: “Soy hombre”. Con sólo escuchar este concepto la bombacha de X queda empapada. Acto seguido: “Bueno, éste es el living”. “Este es el centro de la casa, la barra”. ” La cocina” Aquí X contiene un amago de tropiezo con un zócalo disimulado por la penumbra. “El baño”. “Y acá… el matadero”. Acaban de ingresar a un cuarto enorme, 85% cama triple king size de sábanas deshechas, 15% televisor + ventanal + algo de suelo. X no puede más, pero siente un revoltijo de tripas con sólo escuchar esa desafortunada palabra, sinónimo directo y perentorio de ‘quepaselaquesigue’ en referencia a cualquier ejemplar preferentemente bovino y… femenino. Ahí mismo su cerebrito febril toma una decisión. Mirando el jardín, intentando abrir la puerta-ventana en búsqueda inconsciente de una salida a la trampa que su propio deseo le ha tendido y ya parece imposible de sortear, siente por detrás el traje que la roza, el brazo que le vuelve la cara hasta lograr besarla en la boca.

“Matadero”

“Matadero”

“El matadero”

“¿Dijo MATADERO?”

Resuenan en su cabeza que hierve los ecos grasas de esa infausta palabra; entonces interroga, desfalleciente y resignada: “¿Esto tiene que ser rápido?” Ante una respuesta milagrosa y piadosamente negativa, pide volver al living. Despacio, espacio, aire… Retrocede 4 casilleros, una breve prórroga para la víctima que vuelve al redil, al control. Con el estómago todavía revuelto y el sexo palpitante se dirigió X a la enorme biblioteca, simulando estudiar minuciosamente los 6 libros que contenía, intentando recuperar su aire intelectual y despreocupado, su impronta de mujer superada, fría, más-allá-de-todo.

‘Cocina mediterránea’ ‘Antiguo testamento módulos I y II’ ‘Reglamento de Tennis a la usanza inglesa’ ‘La taxidermia como método’ ‘Webster Dictionary for Financial Advisory & Counseling’ ‘Samantha, furor en la hierba’.

Un sonido de ducha interrumpió el análisis; Y se preparaba. Un ratito más…

Tomó el último título y se refugió en el sillón.

Samantha, amazona furiosa, exuberante y millonaria, se zambulle bajo el sol tropical de Dominicana. Sus pezones gotean, perlando toda su piel de un bronceado dorado; su pubis se afana entre las aguas transparentes, como llamando a las rayas, a los predadores del Caribe. Tiburones desesperados muerden sus pies diminutos, pero Rubén ya está allí, a su lado. Con sus poderosos brazos torneados aparta de un golpe al escualo, tomando a la heroína por detrás entre sus músculos. Poseyéndola salvajemente. Samantha grita, salpica, intenta escapar. Es demasiado tarde… Rubén descubre un falo violáceo de punta muy blanca que rezuma en la espuma y la penetra. El sol del ocaso se pone en el horizonte. Las palmeras se agitan en el viento. Una ola gigante envuelve a los fogosos amantes empapándolos. Samantha, amazona, diosa de los Trópicos, exhausta, es arrastrada a la orilla por su negro, dejando una estela húmeda a su paso. Rubén se sacude regando el arenal, cuando por fin
Y ha salido del baño, chorreando el piso patinado, envuelto apenas en una toalla, con el encanto y la frescura de un adolescente. Con un malabar violento X esconde el libelo debajo del almohadón. Cruza las piernas húmedas y sonríe, disimulada. “Todo bien?” “Todo bien, ji ji” vuelve a sonreír de costado, haciendo un poco de lugar, porque él ya se instala como auténtico propietario del terreno. La luz le da en plena cara, tiene los rasgos preciosos de un niño-hombre… pero X no puede concentrarse ahí: más abajo, decenas de lunares oscuros le llaman poderosamente la atención; atraída y repelida a la vez, no puede evitar tocarlos. Él considera esto un dechado de sensualidad, está visiblemente orgulloso de su torso moteado. Ahora sí el atraco es inevitable. Y sigue cuidadosamente los pasos necesarios tan trajinados a lo largo de su historia de consumado playboy. La mano que se inmiscuye debajo de la pollera tiene una pericia calculada que, lejos de toda improvisación, busca claramente su objetivo, con lo que en aviación se denomina un hábil piloto automático, y en psicología tics seriados o compulsión seductora. X no logra aflojarse del todo, su pierna se multiplica en cientos de piernas superpuestas reaccionando de la misma manera. La mano avanza esta vez un poco más arriba; X se transforma en una masa epidérmica de nombre Susy, Vicky, Gisela, María Paz, Celina… “¿Celina?” murmura sin querer. “Cómo?” dice él, muy cerca de la oreja. “No, nada” Ahora son, a medida que las manos avanzan, cinco, diez, treinta los pares de tetas que X ofrece a su disposición. Siente que una pila de cuerpos se va acumulando encima suyo, son rellenitas, delgadas, altas y bajas, más velludas, menos, blancas o morochas, pecosas, jóvenes, pesadas, livianas… Sobrecargada, ahoga un gemido más de angustia que de placer… Entonces Y avanza ya completamente confiado, tomando lo primero por lo segundo… La multitud de mujeres semitransparentes se abre en un abanico de fantasmas curvos y gelatinosos que pegan grititos, le chupan la oreja al galán, le tiran del pelo, le manosean la cara; él corcovea entonces con más y más fuerza, sobre una miríada de ombligos (algunos, los osados, llevan piercings). X siente de pronto una punzada pero el colchón de sus compañeras de ruta evita que se le quiebre del todo la parte lumbar; con un impulso inusitado se levanta eyectada y muerde el cogote viril con tal ahínco que la blancura del David empieza a virar progresivamente al púrpura ; el edema se expande sobre la superficie deliciosa recién duchada. “Aaaayyy!!!!” Él se toma el área apartándose bruscamente. “AAAuuuch”. “Perdón, perdón” esboza X, mientras una a una las demás féminas se desintegran dejándola por fin sola en el sillón, boca arriba, desconcertada. Y se toca el cuello, se mira la mano, vuelve a tocarse. Por fin se para y va al doble espejo del baño, “tan grande como todo mi departamento” piensa X.

“Mierda” farfulla el seductor en voz baja. Cuando vuelve al living tiene el adorable ceño fruncido y la piel pálida; unas venitas azules le laten en la sien y en el cuello… en el cuello crece un moretón del tamaño de un carozo, pongamos, de durazno… no, es más bien como un carozo de palta. Sosteniéndolo inútilmente con la mano vuelve fastidiado al sillón, bajo la mirada contrita de X que, solidaria, trata de hacer algo… “Dejame ver…” “No, está bien, estoy bien”. “Disculpame” “No es nada, el tema es que hoy tenía que ir a comer con mi novia a lo de mis suegros, y con el calor que hace no puedo ponerme un pañuelo para tapar…” “Yo no quería, te juro, lo que menos pensaba… Ellas… fueron…ellas…” “¿Ellas quiénes?” pregunta él cada vez más malhumorado. “Ellas… no, yo…no…” tartamudea X, que intenta nerviosa vislumbrar la salida, mira disimuladamente a la puerta, mientras una convicción creciente se incuba en su confundido corazón, sobre algo parecido a la venganza, un acto fallido, mejor dicho, la revancha de todo un género que la ha tomado como médium para clavar con un ímpetu sobrenatural los colmillos en el lugar exacto del compromiso, ese punto yugular tan temido por una víctima, que, como en una mala historia de vampiros, termina dominado por las mismas fuerzas que desató, las fuerzas infernales que vienen del matadero… las almas en pena que crueles se ríen del verdugo señalando, con cientos de uñas pintadas, anillos, cutículas comidas, esa mancha delatora, esa verdad que tarde o temprano sale a la luz desde lo oscuro… en una cena formal donde un veterano matrimonio conspicuo e indignado y una futura ex mujer escandalizada y furiosa pinchan en silencio la entrecôte, salpicándose por mirar el cuello de su yerno y futuro ex prometido, respectivamente, territorio venal que parece haber sido chuponeado a más no poder por miles de bocas apenas horas antes, y que sella impúdico la última posibilidad de crédito social que ansía incluso hasta el dandy más rebelde.






Bar Hemingway
Por Juan Di Loreto


Ernest Hemingway estaba de pie junto a la barra del bar del Hotel Ritz de París, que llevaba su nombre. Entre el escritor y las botellas del fondo se encontraba Collin, el mítico barman inglés, con un daiquiri en la mano. Era el tercero que el autor de Adiós a las armas pedía esa tarde. Estaba con la mirada perdida y en silencio. “Quizás ya esté borracho”, pensó Collin, que lo conocía de memoria. Sabía todo lo que se rumoreaba del gran Ernest en Francia; sabia, por ejemplo, que le gustaba estar de pie para poder beber más y que, en la época de la Ley Seca en los Estados Unidos, se abastecía de bebidas prohibidas que él mismo traía de La Habana en la lancha de un amigo. También había escuchado del Hemingway aventurero y del Hemingway amante del menage trois, de cuando se había enrolado en la Cruz Roja la Gran Guerra, donde había sido víctima del fuego alemán y le habían contabilizado 237 heridas.
Collin le entregó el trago. El escritor lo miró y, como si nada, le dijo: “El hombre no está hecho para la derrota. Se puede destrozar a un hombre, pero no derrotarlo”. Y en ese momento recordó con una sonrisa la cara de sorpresa de los soldados franceses cuando lo vieron en ese mismo bar bebiendo y celebrando la liberación. Desde aquella época, el bar del Ritz llevó el nombre de su libertador. Aunque hubo muchos bares en su vida. Desde el Harry´s Bar hasta el Gritti Palace de Venecia, donde llegaba a tomar tres botellas diarias de Valpolicella. Pero ninguno de aquellos era su lugar predilecto. Extrañaba las tardes cálidas en El Floridita de La Habana Vieja, donde degustaba sus Papa´s Special. A pesar de que había dicho alguna vez que soñaba con una vida después de la muerte “que siempre tenía lugar en el Hotel Ritz de París”.
Hoy, a cuarenta y nueve años de su muerte, el lugar no tiene el encanto que supo darle el autor de El viejo y el mar. Pero siempre habrá algún nostálgico que imagine ver a Hemingway entrando al Ritz, acercándose a la barra y escuchando esa frase maravillosa que sólo en un bar se puede escuchar: “¿Lo de siempre, señor?”.





Un trágico pesar suyo y Pedido de mano, de Gabriel Molinelli.
Bésense y váyanse al diablo.

P
or Perez Artaso Ariana.


Un trágico pesar suyo” y “Pedido de mano”. Las dos historias están buenas. Las dos historias son de Chejov y las escribió allá por el siglo XIX; otra época, otro continente, otro mundo. Y el cambio abrupto de tiempo y espacio choca en el Teatro Korinthio cuando estas dos obras se despliegan bajo la dirección de Gabriel Molinelli.

No hay telón. Eso siempre es atractivo. En el escenario se sienta el público. Eso siempre es amigable y resulta curioso por más que sea recurrente. El espacio es chico y las luces no se apagan. Las historias se dan frente a nosotros sin esos muros erigidos por las convenciones protocolares, pero con el golpe frío de situaciones que nos dejan afuera y la infranqueable barrera de algo que nos suena lejano y ajeno.

Como si fueran sketchs, las dos historias dan gracia, pero pronto entendemos que debajo del disfraz de lo cómico se esconden grandes dramas: dentro de “Un trágico pesar suyo” vive un hombre despreciable que de todo se queja y que, sin embargo, a todo dice que sí. Odioso, abusado, acabado. Destacable la humedad del personaje. La interpretación es contundente: contemplamos a un verdadero infeliz que se derrite.

En “Pedido de mano” la cosa se pone peor. El matrimonio se nos plantea como un irremediable antídoto ante el miedo a quedarse solo –viejo y solo-, dentro del cual ya no hay lugar para la sensualidad ni para el amor, pero sí para las peleas sin sentido, gritos insufribles, algún fraudulento ataque al corazón y un interminable pataleo de novia caprichosa tirada en el piso, de esos que dan ganas de intervenir y susurrar: ya estuvo bueno, arriba, shh ¡Y nos volvemos público activo! Eso, si nos animáramos a salvar a la pobre despatarrada, pero la vergüenza a veces nos vuelve poco misericordiosos.

“Bésense y váyanse al diablo” bendice el padre de la fastidiosa y aturdidora novia. Y, acatando la orden, por fin se besan. Ojalá que sean felices, pero es poco probable.

Dónde: Teatro Corintio. Junín 380. Cuándo: Sábados 23 hs. Cuánto: 25$.

Ficha Técnica

Escritas por: Antón Chejov. Actúan: Un trágico pesar suyo: Pablo Silveira y Leonardo Valsecchi. Pedido de mano: Marcelo Mastrogiovanni, Patricia Lapadula y Pablo Bellusci. Puesta en escena, dirección general e Iluminación: Gabriel Molinelli. Asistentes de dirección: Patricia Lapadula e Isabel Vela. Vestuario y escenogracfía: Miguel Nigro. Realización de vestuario: Shirley Bentacur.


MENTIME QUE ME GUSTA (CONVOCATORIA DE CUENTO/CRÓNICA/POESÍA)
EL EQUIPO DE REDACCIÓN DE REVISTA SIAMESA ABRE SU PRIMERA CONVOCATORIA DE CRÓNICA, POESÍA Y CUENTO BREVE.

LA TEMÁTICA DEL MES DE JULIO ES "MENTIME QUE ME GUSTA"

LA EXTENSIÓN SUGERIDA ES DE UN MÁXIMO DE 4000 CARACTERES PARA CUENTO Y CRÓNICA
Y DE 40 VERSOS PARA POESÍA.

LOS TEXTOS SELECCIONADOS SERÁN PUBLICADOS EN LA PÁGINA DE LA REVISTA LOS VIERNES DE JULIO.

LOS MATERIALES DEBEN SER ENVIADOS A EQUIPOSIAMESA@GMAIL.COM


SEAN BIENVENIDOS A PARTICIPAR!





Guillermo Galli
Yo maté al ratón Pérez


¿Dónde estás ratón Pérez que no te puedo encontrar?, se titulaba mi primer cuento. Yo estaba intrigado porque mis amiguitos perdían dientes y recibían dinero a cambio, pero por mi casa el ratón Pérez no pasaba. Le mostré el cuento a mi madre y me dijo que el título era excesivo, que si yo preguntaba ¿dónde estás ratón Pérez? era desde ya porque no lo podía encontrar, por lo tanto decir que no te puedo encontrar estaba de más. Y también me dijo que el Ratón Pérez no existe. Así aprendí que si mis amigos recibían dinero por cada diente perdido era porque sus padres ganaban más que mi mamá, lo que les daba el lujo de inventarles a sus hijos un mundo de fantasía.
Una noche, antes de ir a dormir, se me cayó un diente. Lo puse bajo la almohada porque me daba fiaca levantarme para ir a tirarlo al tacho de basura. Me dormí. A eso de las doce sentí ruidos bajo de la cama. Me agaché para ver: ahí estaba el famoso ratón con una bolsita cargada de dientes y otra repleta de monedas. Me miró con una mezcla de travesura y tristeza. Lo pensé, o no, no sé, pero luego no me arrepentí. Me bajé de la cama, perseguí al roedor por todo el cuarto hasta que finalmente logré acorralarlo y lo aplasté con el manual de segundo grado. Tomé las dos bolsitas, tiré el ratón y los dientes al tacho de basura y puse las monedas bajo la almohada de mi madre.
Ahora el ratón Pérez no existe de verdad. Yo busco y no me canso de buscar su guarida secreta, seguramente repleta de dientes, pero también de muchas monedas que nos ayudarían a tener un mejor pasar y a comenzar a creer en un mundo de fantasía.




¿PUEDE MORIR EL ARTE?
Por: Clarisa Anabel Pozzi

Hegel hablaba de “la muerte del arte”: “considerado en su destinación suprema, el arte es y sigue siendo para nosotros, en todos estos respectos, algo del pasado”. Algunos la tomaron como bandera del fin definitivo del arte; otros, menos apocalípticos, vieron en ella una premonición de los profundos cambios que transformaron el arte del siglo XX.
Hegel encuentra un arte subjetivista alejado de lo divino, donde el hombre es ahora el centro de su propio universo; la idea de dejar a Dios de lado no es del todo tranquilizadora para el filósofo, distinta va a ser la posición que adopte Nietzsche al asumir la “muerte de Dios” con extrema satisfacción.
“El carácter de pasado del arte – explica Elena Oliveras – no supone, según Hegel, ningún fin histórico del arte. Por el contrario, se ha operado en él una franca liberación, en el sentido más amplio en que pudo alguna vez ser imaginada, aún viviendo su propio muerte (como ‘pasado del arte’), el arte continúa vivo”.
Este redescubrimiento del arte en el que el artista es dueño y señor de su obra implica un vuelco de ciento ochenta grados en la concepción estética; las temáticas también varían, el hombre se convierte en protagonista de su propia historia.
Nietzsche, en la vereda opuesta, encontrará en el arte el sentido mismo de la existencia, “aquello por lo que la vida merece ser vivida”, explica Oliveras, un vitalismo que coloca al artista en lo más alto.
“El artista, al revés que el filósofo, el sabio o el ´’hombre teórico’, es por definición aquel que plantea valores sin discutirlos, que nos abre ‘perspectivas de vida, que inventa mundos nuevos sin necesidad de demostrar la legitimidad de lo que se propone, al igual que el aristócrata, el genio manda sin argumentar contra nadie ni contra nada”, define el filósofo Luc Ferry.
El tema de la existencia o no del arte, de la obra de arte, recrudece ya en el siglo XX con la Escuela de Frankfurt, “¿es posible escribir poemas después de Auschwitz?, se pregunta Adorno, “su pesimismo – expone Oliveras – responde a varios motivos, entre los que se cuenta, sumado al tema del holocausto, su decepción ante manifestaciones del arte que, como el dadaísmo y el surrealismo, no cumplieron con las expectativas de oposición al sistema sino que, por el contrario, resultaron incorporados en él”.
Adorno teme que la obra de arte se transforme en un bien de consumo, que pierda su libertad, quiere devolverle al arte su derecho a la existencia, su autonomía, no quiere que el arte se convierta en industria.
“La utopía del arte se alimenta de la indigencia y del sufrimiento humano, siendo Auschwitz su máxima expresión. Es allí donde se produce la catástrofe que obliga al pensamiento a replantearse su propia condición de tal, a cuestionar definitivamente la marcha de la historia en la que se abrió un abismo tan profundo de dolor. El arte, si por algo se mantiene vivo, es justamente por su fuerza de resistencia, por ser ‘promesa de felicidad, pero promesa quebrada”, culmina el pensador alemán.
El sentido del arte fue cuestionado a lo largo de las décadas, desde filosofías que lo endiosaban hasta aquellas que negaban toda posibilidad de continuar, ya sea porque se encontraban en períodos de decadencia o porque determinados hechos sociales, inundados de extremo dolor, imposibilitaban la permanencia de aquello que trabaja con lo sensible, con el sentimiento. Pero el arte se sobrepuso a su tiempo y se convirtió en fundamento y respuesta de todo aquello que inquieta a la sociedad actual.


Buscado, de Agustina Gatto
Por Ignacio Santillana


En el programa se lee: Un hombre busca a su hijo por las calles de Tokyo, México D. F. y New York. Listo, nos ahorramos un paso. Ese es el esqueleto de Buscado. Pero una obra no es sólo eso, es, sobre todo, la forma en que se cuenta la historia. Para eso, Agustina Gatto, se vale de tres planos espacio-temporales: una caja de vidrio, tres ciudades (New York, Tokio y México DF) y un video.
Da la sensación de que los personajes acceden a la caja de vidrio para Ser. Ese en ese lugar en dónde pueden despojarse y hablar, cantar, gritar, o hacer un truco de magia.
Las ciudades son los lugares de búsqueda, de esta forma, conforman el lugar del fracaso y la sorpresa, de la ira y el amor; es en donde se juega el rol de buscador y buscado.
El video, una suerte de no lugar, está destinado a colaborar con el entendimiento de la obra, y es ahí en dónde ésta se agranda y encuentra su hilo.
En Buscado hay cuatro personajes: principalmente un buscador, un buscado y un escapista, todos ellos partes de una misma genealogía, más una clarinetista que oficia de contrapunto (mientras ellos se buscan, ella se pierde, como la música, como el baile). Al mismo tiempo, el buscador es buscado, el buscado es escapista y el escapista es buscador: “Cuando se sienten perseguidos son jóvenes, cuando persiguen son viejos”. Si existe uno, existe el otro y viceversa. No hay posibilidad fuera de este binomio. Lo que buscan es a sí mismos, es reconocerse en ese sujeto de búsqueda. Buscan, por sobre todo, la aceptación.
La escenografía colabora perfectamente para que Buscado sea una obra atractiva visualmente. No remite a nada conocido, Agustina Gatto juega con el espacio-tiempo en el texto y lo traduce a la escena, creando así un lugar nuevo, que puede ser cualquiera y a la vez ninguno, pero sí, un lugar de experimentación y búsqueda.


Ficha técnico artística

Autoría: Agustina Gatto
Actuan: Germán de Silva, Silvia Giusto, Julian Larquier, Oscar Núñez
Músicos: Nicolás Falcoff
Voz en Off: Scott Alexander Young
Maquillaje: Catalina Tagliafico
Diseño de vestuario: Mercedes Arturo
Diseño de espacio: Anabella Gatto
Diseño de luces: Leo D' Aiuto
Diseño sonoro: Guido Deniro, Matías Gutiérrez
Realización de escenografia: Ariel Vaccaro
Realización de dispositivos lumínicos: Leo D' Aiuto
Post producción audiovisual: Guido Deniro, Matías Gutiérrez, Celine Keller, Paula Spagnoletti
Música original: Nicolás Falcoff
Operación de luces: Fernando López
Operación de sonido: Julia Tchira
Fotografía: Michel Marcu, Kate Stanworth
Diseño gráfico: Lucas Villegas
Entrenamiento corporal: Lucas Cánepa
Asesoramiento en magia: Pablo Madini
Asistencia de vestuario: Julieta Sandez
Asistencia de dirección: Juan Laxagueborde
Prensa: Debora Lachter
Colaboración general: Guido Avramides, Martín Churba, Florencia Fiocca, Maru Guerberg, Juan Perez, Araceli Pourcel
Direccion de fotografia: Ricardo Vargas
Direccion de filmaciones: Lucas Villegas
Dirección: Agustina Gatto

Web: http://www.buscado.blogspot.com


TEATRO DEL ABASTO Humahuaca 3549 Capital Federal - Buenos Aires - Argentina
Teléfonos: 4865-0014 Entrada: $ 30,00 y $ 20,00 - Miércoles - 21:00 hs


Todos reímos con Brizna Perdida








por Nico Pose



"Esta es la brizna perdida que solo se encuentra con pasión, alguna técnica escondida, impulso, riesgo y vida... (un necesario tropezón)"


Había ido a ver una obra como de costumbre. Pedí una cerveza en la barra del lugar y me quedé en el patio. Escuché risas detrás de una puerta, y luego, leí en un cartel que a las 12 comenzaba un espectáculo de Tango y Humor. Era la hora para que comenzara el show y ahí estaban dos tipos vestidos de tangueros: uno sentado con la guitarra, y el otro con un micrófono. Comenzaron a tocar tangos, y parecía que lo del humor estaba relacionado sólo con las letras. Pero no, luego aparecieron en escena los payasos, y posteriormente los payasos tomaron por asalto el escenario. Ya no había rastros de los viejos tangueros, y de la melancolía, lentamente fuimos accediendo a las risas, que luego se transformarían en carcajadas.


Hacía mucho que no me reía tanto, y nunca pensé que lo iban a lograr unos simples payasos. Morirse de la risa es una expresión que a veces se la emplea para cualquier cosa, pero en este caso, la expresión encajaba perfectamente por cómo nos sentíamos todos al ver a Brizna Perdida. Reí tanto que un momento parecía que estaba a punto de comenzar a tener hipo. Desde aquel momento en donde los tangueros solemnes le cedieron el paso a unos payasos desfachatados y funambulescos, todo se convirtió en una fiesta de la risa.

Con un aire espontáneo, los payasos de Brizna, a través de sketchs, ofrecen un espectáculo variado. Desde las canciones cómicas y ridículas, hasta las parodias del cine hollywoodense. Dentro del espectáculo, Brizna también se regodea graciosamente con temas como la delgada línea que existe entre la amistad entre un hombre y una mujer cuando alguno de los dos pretende otra cosa.


Finalmente, sorprende el gran sketch del zorro; un zorro gallego, donde su acento y su espada globo protagonizan uno de los mejores momentos del show.



Recomiendo mucho el show de Brizna Perdida, un espectáculo distinto, por su simpleza, por sus buenas ideas; y al mismo tiempo, efectivo, porque es imposible no irse liviano luego de haber descargado tanta risa.


Brizna Perdida está integrado por:


Nelson Ansiporovich
Daniel Gandara
Juan Schneider
Lyonell Monalli
Federico Patiño
Florencia Patiño


El viernes 17 de Julio, a las 23:55hs en:



Av. Corrientes 5552 Capital Federal - Buenos Aires - Argentina

Teléfonos: 4857-2193