miércoles 7 de noviembre de 2007

EN SERIE




A FULL, MONTY

Por Jimena Repetto

Por más refranes que recen que “Dios los cría y ellos se juntan”, es justo darle un poco de crédito a los avatares del azar. En su tan apasionada como melancólica Nadja, Breton explica lo que para él es el azar objetivo, esos accidentes maravillosos que hacen ingresar lo inexplicable a nuestra vida, con toda la furia adorable y perturbadora de un destino que se asemeja a una impostura necesaria. Las coincidencias de la vida se dan, diría Breton, de una forma azarosa, sin embargo hay algo en nosotros que busca que se sucedan. Pero sea como sea, uno no se imagina a Los Beatles sin Paul, ni a los surrealistas sin Eluard y mucho menos a los Monty Python sin su formación original.
Se terminaban los sesentas cuando Graham Chapman, John Cleese, Terry Gilliam, Eric Idle, Terry Jones y Michael Palin recibieron el visto bueno de la BBC1 para hacer una serie que, se suponía, no duraría más de trece capítulos. Cómicos con formación académica, la mayoría de ellos, y ya con cierta experiencia televisiva, se lanzaron a hacer su propio programa, renovando no sólo las formas de hacer humor sino también el lenguaje de la televisión. Después de considerar varios nombres, el programa finalmente se llamó “El Circo Ambulante de Monty Python” (Monty Python ´s Flying Circus) y tal vez sea uno de los mejores programas que algunas vez se hayan emitido. El azar, el fluir de la conciencia, el humor absurdo y la fusión entre contenidos populares y de culto como materia de broma, caracterizaron las creaciones de este grupo. La serie llegó al grado de burlarse del propio lenguaje de los medios y poner en evidencia la posibilidad de construir noticias junto con su imposibilidad de dar cuenta de forma objetiva del mundo real.
El cinco de octubre de 1969 fue el día en el que se mostró el primero de una serie de episodios desaforados en los que se conjugaban las situaciones más desopilantes, dejando de fondo una severa crítica social. Cada capítulo se componía de diversos sketches unidos por las animaciones de Gilliam -pequeños collages surrealistas cuyas imágenes se extraían de grabados de la época victoriana-. Uno de los logros más notorios de este grupo, fue que todos sus miembros actuaban y escribían los episodios en conjunto. Las ideas se debatían en el grupo y se realizaban únicamente si así lo decidía la mayoría.
La serie se transmitió durante 45 episodios hasta diciembre de 1974, aunque ya en 1971 el grupo había comenzado a hacer películas como La vida de Brian (Life of Brian), El sentido de la vida (The Meaning of Life) y Los Caballeros de la mesa cuadrada (Monty Pyton and the Holy Grail).
Si sobre el azar hablamos, es ésta la serie de televisión que llevó más lejos su exploración como método creativo -retomando los postulados de los surrealistas-. Como si esto fuera poco, se dio el lujo de demostrar, mucho antes de que la televisión se llenara de programas autorreferenciales, que la creación y su potencial revolucionario, no necesariamente vienen de la mano de la mera repetición, sino de la manera de procesar los materiales en la práctica creativa. Por eso, ver hoy que la televisión se ha vuelto una máquina de autofagocitarse con programas que recuperan lo absurdo para exponerlo con toda la crudeza de un señalamiento estéril, ver a los Monty Python tal vez pueda llevarnos a pensar que hay formas de renovar los productos televisivos, al hacer programas de calidad en los que el humor sea la consecuencia de un proceso en el que se unan inteligencia, imaginación y trabajo.
A veces no hay nada tan adorable como deleitarse con esos caprichitos del azar. Deslumbrarnos con su afán incontrolable de dejarnos sorpresas en el camino, sin tener la posibilidad de acercar una esquela para agradecer o firmar libro alguno para asentar una queja. Y, si en algo se pudiera colaborar para que los avatares del destino sean placenteros, ¿qué más que escribir pensando en que alguien puede llegar a encontrar en algún lado esta revista y, ya en un acto más voluntarioso, leer este artículo? Así que, para esos momentos en los que pareciera que nada puede cambiarnos sustancialmente la vida, ahí están los Monty Python y su Circo Volador que pueden alquilarse en varios video clubs de culto de la Capital, o bien, es cuestión simplemente de darse una vuelta por youtube para ver una de las mejores series que la televisión supo engendrar.

ACÁ NOMÁS





PASAJERA EN TRANCE

Entrevista a Karina Macció

Por Jimena Repetto



Que la poesía no tiene edades, ni la escritura pruritos y que siempre hay alguien del otro lado del sendero amarillo de los versos, fueron algunos de los temas que hablamos con Karina Macció. Como Dorothy y sus zapatos de rubí en el mundo de Oz, Karina entiende la literatura como un viaje en el que se conjuga la experiencia con las palabras. Fundadora mítica del famoso ciclo “Zapatos Rojos” junto a Romina Freschi, hoy combina la escritura con la docencia y nutre ambas en una búsqueda, nunca interrumpida, de las palabras y su transmisión poética. Por estos días, junto a sus alumnos de taller, presenta la serie de libros “Colección Valijita”, autoeditados en un colectivo que permite que los versos arriben a sus lectores, buscando circuitos alternativos -y creativos- de distribución.



Dicen que a un escritor, en parte, lo hacen sus lecturas, ¿qué libros recomendarías leer?
Edgar Allan Poe, sus relatos fantásticos, grotescos y extraordinarios ytambién los policiales, si es posible, en la traducción de Cortázar. Uncuento imperdible, “El corazón delator”. También hay que leer algo de Borges,los cuentos de Ficciones y El Aleph (el cuento del mismo nombre, otroimperdible). Por supuesto, Rayuela de Cortázar. Momentos de Sor Juana Inésde la Cruz y especialmente Primero Sueño. Todo Alejandra Pizarnik, sobretodo, El árbol de Diana y La condesa sangrienta. Hamlet de Shakespeare, elpoema “El viaje” de Baudelaire, Las Iluminaciones de Rimbaud, Ariel de SylviaPlath, la obra completa de Juan L. Ortiz, la obra completa de FernandoPessoa, Ova Completa de Susana Thénon, cualquier libro de Marosa di Giorgio y un imprescindible, Cerca del corazón salvaje de Clarice Lispector. Me parece un libro increíble, de lectura y consulta permanente, La óperafantasma de Mercedes Roffé.


¿Qué pensás de la experiencia de dar y participar en talleres literarios? ¿Cómo influyen en la formación de un poeta?
Cuando terminé de estudiar Letras sentí una preocupación que fue la falta de escritura creativa en la carrera. Después entendí que lo que hacía la facultad era dar herramientas específicas y teóricas. Mientras yo cursaba, hacía taller con Delfina Muschietti porque pensé que tenía que pasar por uno y analizar la experiencia. Enseñar es algo muy importante y muy personal. Lo que se enseña es, quizás, una forma de buscar, de mostrar ciertas cosas y de que los participantes vayan tomando lo que les sirve para construir su camino. Por otra parte, la búsqueda del estilo es un proceso que conlleva una práctica, no una forma.


¿Por qué el nombre que le diste a tus talleres, “Siempre de viaje”?
Yo asocio la literatura a un viaje. Entonces hice un recorrido para ver a ciertos autores viajeros que tienen una relación entre la literatura y la experiencia muy fuerte.


Cuando te leo, y más cuando te escucho leer, encuentro en tus poemas resonancias oníricas, como si a través de la escritura se recuperara esa vivencia de asociaciones y fragmentos de los sueños en la vigilia…
Siempre digo que cuando uno sueña, estás adentro y te parece algo tan emocionante e intenso. Cuando te despertás y querés reponerlo, ves cómo esa experiencia se cae. Para mí escribir poesía es tratar de llevar la lengua esa intensidad. Si bien hay algo en la traducción que se pierde, usando la lengua de una manera no convencional, o no estrictamente comunicativa, se logra. Interviene lo poético en articular esa traducción que no es directa, no es relatar imágenes, es generar un ambiente, un tono, una tensión.

¿Cómo trabajás con la lengua en la escritura poética?
En la poesía todas las palabras están atadas como con hilitos, sacás una y se caen todas. Al escribir uno no se para a pensar que está tomando decisiones, pero las toma todo el tiempo. Por ahí cuando se nos pregunta, ¿por qué usaste esa palabra? uno tal vez no lo sabe, pero sí hay una respuesta a eso que a veces no es tan claro verbalmente. Si te pregunto por una palabra y a vos no se te movió un pelo, probablemente esa palabra no esté ahí, sobre, o sea una palabra que le hace ruido a otra que es la verdaderamente importante. Pero si yo toco una palabra que para vos era fundamental, entonces ésa es la palabra que va, y se nota en los ojos. Es un trabajo muy fino, muy delicado, se va construyendo de a poco. Incluso escuchando a los otros, uno hace mucho.


¿Qué implica para un escritor empezar a hacer circular sus textos por primera vez?
Yo creo que nunca nadie escribe para sí mismo. Escribís para vos cuando estás en tu casa, pero si no después no hacés libros, si total vos lo pasaste bien escribiendo. Cuando te exponés a la sociedad te tenés que hacer cargo de que guste o no lo que escribís. En literatura, me parece que a veces se va a sostener aquello que reúna el hallazgo de la lengua con la experiencia. Algo, podría estar bien o mal escrito, en el sentido del uso estricto de la lengua, pero no puede sonar a hueco, de alguna forma debe tener un cuerpo, algo que lo justifique. Por eso hay que verdaderamente arriesgarse con textos que por ahí generan mucha sorpresa y eso vale si uno está convencido, porque sabe que en algún momento ese texto va a llegar, va a hacer un recorrido.


¿Cómo sos escribiendo? ¿Tenés rituales de escritura?
Soy bastante caótica y el caos sirve pero en dosis. Lo que pasa es que uno aprende con el tiempo a conocerse y eso te da ventajas sobre vos mismo. Yo sé que no me puedo imponer un régimen de escritura entonces sigo mi impulso. Hay noches que no duermo y escribo, así como tengo períodos muy largos de no escribir y corregir y armar series. Me gusta corregir y corrijo mucho, aunque es verdad que hay textos que salen por impulso, pero creo que lo que pasa es que tomar decisiones por momentos se te hace más fácil.

¿En qué momento sabés que un libro ya está listo para ser publicado?
No, nunca puedo decir exactamente eso. Yo siempre veo lo mismo con la gente que está terminando su libro, cuando estás por terminar aparecen todas las dudas. Yo lo veo en otros y lo reconozco en mí, lo veo lo sufro, lo siento. Me cuesta más alentar a otro y darme cuenta cuando su libro está listo, pero en mí me resulta más difícil. Mis libros caen por peso, por la producción que hay detrás, por las cosas nuevas que estoy haciendo.


¿Cómo surgió la idea y cuál fue el proceso de armado de la serie de libros “Colección Valijita” de Siempre de Viaje?
Algo que me preocupa desde siempre es el escritor frente a su primer libro. Mal encarado ese escritor puede no salir nunca o nunca más, si es que hay una experiencia de desazón. Yo pensaba en quitarle presión al primer libro, con un tipo de circulación que el autor pudiera disfrutar y que sirviera como ensayo en el mejor de los sentidos, con los materiales, tipografía y colores que el autor prefiriera y dentro de un grupo de libros de autor. Todo eso genera un apoyo y quita presión. Cuando una editorial imprime tus poemas, el libro queda fuera de uno y el escritor se siente distanciado.

¿Cómo se solventó el proyecto?
El tema de solventar estos proyectos es un tema importante. Cada uno hizo su libro con sus propios medios, pero sí nos sentamos juntos a imprimir, cortar y pegar. Cada uno invirtió en lo que materialmente el libro necesitaba, pero en el grupo se ayudaron a hacerlo, a mostrarlo, a darle entidad en una serie y que no quedara el libro solo, ni uno solo con el libro.


Ya que también nos convoca el cine y sé que estás escribiendo un guión ¿Qué películas te gustan?
Me gusta mucho David Lynch, Blue Velvet, Mulholland Drive. Yo en él reconozco un artista plástico, me encanta su trabajo con las texturas. Pero miro de todo, no tengo prejuicios, me gusta mucho Un tranvía llamado deseo, Fargo o las películas de los hermanos Cohen. Sí busco que estén bien hechas.

¿Cómo influye en tu vida el azar?
No sé si creo mucho en el azar. Me parece que el azar es lo que no entendemos, lo que irrumpe sin explicación dentro de nuestras cabezas.Finalmente, después del primer momento de sorpresa, de alegría o shock, tiendo a ver el por qué de esa irrupción. Seguramente, nunca llego a la respuesta, o llego a respuestas provisorias, pero de todas maneras sospecho que el azar no existe, porque, claro, también sospecho que existe alguna especie de plan maestro que desconocemos. No soy determinista, no creo que cada uno de mis movimientos estén predeterminados, pero sí que hay algo más general, una especie de laberinto personal y que las decisiones que tomamos -sobre todo las fundamentales, ésas que se dan cuando llegás a la encrucijada- no son azarosas. Para el mí el azar es como un vacío que me gusta llenar, leer, argumentar.

PURO VERSO








PINGÜINOS EN BAHÍA


Por Rodolfo Edwards

El azar es importante en la vida de cualquier persona. Los movimientos de la vida a veces se parecen al oleaje del mar. Vamos y venimos en una inercia caprichosa que casi nunca podemos dominar. Por más planes y estrategias que se tracen, de pronto nos encontramos en medio de una nave viajando hacia un lugar en el que jamás habíamos soñado estar. A veces me pregunto si el azar y la suerte son lo mismo. Pienso que a la suerte es como una damita escurridiza, hay que buscarla, insistirle hasta que algún día nos concede una audiencia. Todos nos acostaremos con la suerte alguna vez, aunque sea por una noche... A la suerte hay que ayudarla a aparecer. En cambio el azar es cruzarse con un pingüino veraneando en alguna playa de Río de Janeiro, encontrar un billete de cien pesos en el piso del ascensor. El azar pone banderillas musicales en el lomo de lo empecinados toros de la rutina. El azar siempre nos toma por sorpresa, hace que la vida sea este juego imprevisible, estos brochazos en las paredes blancas del futuro. (Rodolfo Edwards)


LA PRIMERA CITA

antes de vos
mi corazón
estaba sucio
¡malherido! ¡perdido!
¡endrogado!
como esos niños pendencieros
que salen de la escuela
el guardapolvos hecho jirones
la mirada vidriosa
en el bocho un chichón
y la tarde que dolía
como una piña en el estómago

ahora
mi corazón
es este señor perfumado
listo
para la primera cita





LA TECLA DEL OLVIDO

los días se llenaban de colores
las noches de refugios a montones
cambios de frecuencia alteraban
los cursos del mundo
pero un día de golpe
ellos prescindieron de la emoción
con sorna e inquina
oprimieron la tecla del olvido
y no dejaron registros
eliminaron de la faz de la tierra
tus cejas y los acordeones
suelto voy en el espacio
bailarín en inercia
sin luna ni sol
entre las estrellas muertas
algo titila a lo lejos:
es el piercing de tu ombligo
sortija de una calesita
que se quema lentamente

TE LO CUENTO





MÁS TARDE EN LA VIDA

Por Inés Garland



Lo vi avanzar hacia mí a la sombra de los árboles de la Plaza Vicente López. Caminaba con las manos en los bolsillos del pantalón, con ese aire distante que siempre tuvo. Sonreía y su sonrisa era tal como yo la recordaba –una trampa que lo hacía parecer un hombre feliz. Me detuve a esperarlo.
-¡José!
Se rió. Una risa sola, un golpe en el corazón, y cuando llegó a mi lado echó el cuerpo hacia atrás, como si vacilara o tuviera que tomar envión.
-Ana.
Debo de haber hecho alguna mueca, un gesto ridículo para disimular el impacto de oírlo decir mi nombre. Tal vez yo también parecí feliz, verlo fue siempre como volver a mi única casa. Quise decirle que había soñado con él la noche anterior, que siempre sueño con él. ¿De qué hablamos parados en la luz que se filtraba entre las ramas, quietos en ese aire verde como el fondo de un lago? Él tenía el pelo más largo, le habían salido canas.
-¿Querés tomar algo? ¿Un café? –dijo.
Después de mi nombre fue lo único que realmente le oí decir.
Cruzamos la calle y nos metimos en un bar con rayos de neón colgados del techo y una decoración plateada, nocturna, fuera de lugar a esa hora del día.
-Un whisky doble –dije.
Era una broma poco sutil. Pedí una cerveza. Nunca tomo cerveza. Él pidió otra. Me echó la culpa por hacerlo tomar cerveza a esa hora.
Me preguntó por mi familia, yo por la suya. Quiso saber de mi hija.
-Hace tanto que quería hablar con vos.
Lo dijo de repente. Yo miraba en ese momento la decoración de la barra, unas estalactitas colgando de los bordes de la mesada, y sin saber por qué, trataba de retener esa imagen.
Me pidió perdón.
Lo miré como si se acabara de sentar a la mesa.
-Por la vez de la americana –dijo.
Me encogí de hombros, igual que aquella noche. Habíamos ido a lo de alguien, un actor sin trabajo que olía a vino, y al final de la noche estábamos acodados en la baranda del balcón del departamento, mirando el cielo en silencio.
-¿Te importa que me lleve a tu amiga a ver el amanecer a mi casa? -me dijo José al oído, como si decirlo de esa manera lo volviera menos brutal, como si yo después pudiera evitar la imagen de ellos dos; la piel de ella mojada de la transpiración de él, de mi primer amor, del hombre que apoyado en la baranda de ese balcón, la camisa blanca arremangada, la piel de su antebrazo contra la piel del mío, sus ojos que me habían deseado tanto capaces de preguntarme si yo le daba permiso para acostarse con otra mujer.
-Hagan lo que quieran –le contesté entonces.
Ahora, con la mirada fija en las estalactitas del bar, volví a mentirle.
-Ya te perdoné hace años –dije.
-Si hubiera sabido lo difícil que era todo, estar con alguien –dijo él y dejó la frase suspendida.
Se me llenaron los ojos de lágrimas. Todo lo que completaba esa frase se había perdido para siempre. Alargó el brazo sobre la mesa y me secó los ojos con la punta de los pulgares.
-¿Estás trabajando? –dije.
Contestó que sí. No le pregunté más, pero él abrió una servilleta sobre la mesa y me dibujó la casa que estaba haciendo. Tenía más largas las uñas de la mano derecha. Seguía tocando la guitarra entonces. Sentí unas ganas insoportables de besarle las manos, un vértigo hacia él, como si el deseo de sentir mis labios contra su piel fuera una caída.
Escuché con atención las explicaciones de la casa y después él se puso a hablar de los dueños –una pareja de recién casados con una historia difícil. Siempre me resultó imposible imaginar nada malo cuando lo miraba a los ojos –una mirada así, tan límpida, tan mansa, parecía incapaz de maldad. Le debería haber mirado la boca. Pedí otra cerveza.
-¿Por qué lo hiciste?
No había pensado preguntárselo. Me volvió la imagen de él y la americana desde el balcón. Yo me había quedado acodada en la baranda, había esperado hasta verlos salir del edificio: las piernas de él muy largas, los zapatos en punta, la pollera de la americana, roja como una mancha de sangre en el asfalto; sus pies chiquitos, los brazos sueltos y blancos balanceándose a los costados del cuerpo; la cabeza de José que yo hubiera querido golpear; su querida cabeza que yo quería tomar entre mis manos. Había deseado tanto que me mirara, él tenía que saber que yo estaba ahí, exactamente en el mismo lugar en el que me había dejado; él tenía que saber que yo había querido gritarle para que no se fuera con ella. Los vi subirse al auto, un destello de la pollera de ella fue lo último que vi antes de que se fueran.
Se encogió de hombros.
-No sé por qué lo hice.
Pidió otra cerveza.
El actor me había tomado de la cintura cuando el auto se alejó por la calle. Yo sentí en la palma de mis manos el metal de la baranda del balcón. Tenía los nudillos muy blancos y deseé que la piel se rompiera para ver mi sangre.
-No llores –había dicho el actor–. No lo merece.
Y me había besado el cuello.
-Si te hubiera pedido que no.
Lo empecé a decir y me detuve. La frente de José era tan vulnerable, tenía algo infantil -algo de la frente redondeada de los niños -pero la boca era mezquina. Apretó los labios ahora.
Empezó a hablarme de la americana. Creo que estaba tratando de decirme que no había valido la pena, pero yo no lo escuchaba. Estaba pensando en el actor, en su aliento caliente contra mi nuca. Lo había dejado levantarme el vestido, bajarme la bombacha y dejarla a la altura de las rodillas, como una venda, lo dejé tomarme de las caderas por detrás. Sin abrir los ojos, con la cara mojada y los labios apretados, lo sentí golpear contra mi cuerpo hasta saciarse. Después me miré otra vez las manos que seguían aferradas a la baranda. Un vacío de ocho pisos se abría del otro lado de esa baranda.
-Si nos hubiéramos conocido más tarde en la vida –dijo José terminando su cerveza.
Nos despedimos en la esquina. El sol había calentado las veredas y había mucho tráfico. El tenía que almorzar con su madre. Me quedé mirándolo, hasta que se perdió entre la gente.

AMORES FATALES




NO SÉ LO QUE QUIERO PERO LO QUIERO YA!

Sobre La mujer de la próxima puerta de François Truffaut

Por Federico Karstulovich


La mujer de la próxima puerta (traducción-engendro del más correcto la mujer de la casa de al lado) es una fantasía desalmada de amour fou y cosha golda de orígenes melodramáticos casi circenses, donde hay desde desmayos de amor hasta miradas con puñales y todo.
El encuentro casual de los amantes, vecinos circunstanciales, reunidos por el azar, en el contexto de la falsa pax burguesa (porque ambos están casados y hasta ese encuentro, felices; porque el pasado pasional de lo que existió entre ambos es mas fuerte que la cama calentita y las tostadas recién hechas) de la casa de familia, detona el peligro: la fatalidad siempre hiperbólica entre Bernard y Matilde y su amor desatado, exacerbado, amor-demonio de tasmania, que se lleva puesto a todo lo que rodea. Truffault ya venia de otro amor loco, con La historia de Adela H. Pero aquí, sin hacer una película de época, apelando a las premisas del romanticismo literario (aquel que asocia amor al acto de fundición en el otro, soldadura cárnica), se traslada al presente convocando al melodrama decimonónico como exorcista. Nos sorprende de cachetazo con el relato enmarcado de la tragedia con una evocación en tono policial que comienza en... una cancha de tenis (¡!) para establecernos en el terreno del cotidiano contemporáneo, como si Truffaut quisiera recordarnos que el siglo XX, aun en sus ultimas décadas, puede entregarnos esas formas aparentemente olvidadas del amor.
Y dado que en toda tragedia se está ante la consumación del deseo o la muerte (así de adolescente, así de inquieta es la quinceañera), le petit François se la juega por evitar el dilema de la artificiosa dialéctica: aquí la consumación del deseo es la muerte y la muerte hace a la consumación del deseo. Así, la tragedia, desliga su estamento clásico (aunque parezca remotamente) y se convierte en un grito desaforado de incomprensión. El amor entre Matilde y Bernard no es un amor trágico porque no es un amor de este mundo: es un amor amorfo y extraterrestre. Este amor tanático vincula a Truffaut con David Cronenberg (en especial el de M Buterfly y Pacto de amor), ahí donde no hay resolución posible entre el contigo y el sin ti..
Huracán de pasiones sirkeano (Douglas Sirk, otra influencia visible) vuelven los ecos de ese amor-monstruo híbrido de dos cabezas, ecos de los gritos de ese sujeto doble conformado por Heathcliff-Cathy en Cumbres Borrascosas. Porque el azar hace eso con los que se repelen como actos de reacción nuclear: en algún momento los junta químicamente. Y se cargan la hipocresía del mundo que los rodea, como si nadie más que ellos existiera.

DEME DOS





LAS LUNAS ROTUNDAS

Por: Vivian García Hermosi


Estas noches de luna llena me obligaron a escribir esto.

Es raro e inexplicable cómo ciertas cosas que leemos o vemos colonizan lentamente nuestra imaginación.
En el último viaje largo que hice en auto pasé por varios cementerios viejos, de esos que te erizan la piel y te alimentan el morbo, porque están ahí, al costado de la ruta, como esperando. Y no pude evitar recordar a Comala, aquel pueblo fantasma al que Rulfo le puso litros de sangre caliente y una voz que es como un susurro de fuego. Así también me pasó el viernes pasado cuando una luna rotunda me recordó El cadáver de la novia, la película de Tim Burton, y ese exquisito final de mariposas azules. Y entonces supe que tenía que escribir esta nota. Así, por azar. De puro capricho nomás.
¿Y por qué no? ¿En qué puntos se tocan estos dos mundos? Ya sé. Son más cosas las que los alejan que las que los unen. Y sin embargo, cada uno a su modo, fueron seducidos por la misma temática: el mundo de los … ¿muertos?
Me explayo un poco.
En Pedro Páramo como en El cadáver… un joven se introduce en un mundo desconocido. Como extranjeros, son recibidos por los habitantes que están condenados, sobretodo, a sí mismos, a sus recuerdos, a sus deseos, a sus sueños por cumplir.
De la misma manera, en ambos mundos predominan los personajes monstruosos.
Aunque se tratan de monstruosidades muy distintas: en los personajes burteanos, es predominantemente física. En Pedro Páramo, en cambio, el monstruo es el hombre común, su maldad cotidiana, sus pensamientos. Sus acciones pequeñas pero terribles, como callar, mentir, olvidar.
No crean que veo sólo similitudes. Si bien en ambos mundos la muerte está viva, en El cadáver… el mundo de los vivos es gris, esquemático, estructurado, lo que contrasta definitivamente con el mundo de los muertos que está lleno de colores, de parranda. En Pedro Páramo el mundo de los muertos es la prolongación del de los vivos: sus creencias, sus supersticiones, sus errores, sus miedos, su patriarcado. Es un universo donde no hay escapatoria. Incluso la locura los sigue en la muerte, como ocurre con Susana, esa, “la única mujer que Pedro Páramo quiso”.
El hijo de Pedro Páramo, el recién llegado, nunca sale de las tierras de su padre. La muerte lo embulle. Allí vuelve al círculo. Se convierte en uno más de los olvidados de Dios.
En El cadáver..., en cambio, Víctor escapa de las garras dulces de Emily, la novia asesinada, para casarse con su prometida, Victoria quien, además, está viva. Así, todo vuelve al equilibrio inicial.
El cine, sobretodo el cine animado, tiende a los finales felices. Aunque, digamos, en este caso en particular el final no es tan feliz como quisiéramos. Los finales angustiosos son cosas que la literatura se permite más. ¿O es sólo algo qué me parece a mí?
Hasta acá algunas apreciaciones de dos obras tal vez muy diferentes. Incluso puede que todo esto les resulte extravagante. Pero ¿quién no trata de navegar en caprichosas asociaciones entre las cosas que le gustan, sean amigos, ex novios, libros o películas? Tengo la excusa de que siempre me atraparon los relatos fantásticos y los personajes fantasmagóricos, como los de Poe.
Y si todo esto les parece muy tirado de los pelos, no me culpen a mí.
Culpen a la luna.

TE DIRÉ QUIÉN ERES

Por: Ileana Kleinman


El hombre invisible

Tae-suk tiene un plan: todos los días deja en las puertas de diferentes casas de su ciudad papeles de promoción. Y todos los días, mucho más tarde, cuando llega la noche, vuelve a revisar esas puertas que ya vio, para saber si alguien removió los papeles, para saber si, entonces, alguno de esos hogares está deshabitado. Cuando encuentra uno vacío, entra. Sabe cómo hacerlo y cuenta con los elementos necesarios. Luego de ingresar en la casa, la recorre, cena, mira televisión, lava la ropa, acomoda los muebles hasta que se duerme. Todas las noches el mismo procedimiento. Tae-suk es meticuloso y vive de acuerdo a este plan.
Un día de tantos iguales, Tae-suk vio que en una casa muy rica nadie había removido su papel de la puerta. Se sintió seguro y entró. Él no determinó que en esta ocasión, y en este espacio particular, encontraría a Sun-hwa.
En un primer momento todo fue como era siempre, revisó la casa, no vio a nadie, se dispuso a cenar y lavar la ropa. Comenzó a hacerlo, estaba tranquilo: sólo los movimientos conocidos y ningún ruido. Sin embargo, esa noche no iba a ser como las otras. Esta vez iba a ser visto, no estaría solo él comiendo en silencio ni mirando la televisión de otro. Esta vez, su procedimiento iba a quedar expuesto. Y esa noche la manifestación fue doble, la dueña de la casa, Sun-hwa, también fue detectada y todo lo que ella tenía para esconder se hizo visible para Tae-suk, quien decidió al instante que quería cuidar de ella. Y se dispuso a hacerlo. La incluyó, de esta manera, en su plan. Porque los dos extraños huyeron juntos sin que haya sido necesario acordarlo previamente, o siquiera hablar antes. Simplemente, ambos, en una moto, la noche de ese día, que podía haber sido como tantos otros para ellos, pero no lo fue, partieron. Fue sencillo, fue rápido y, sin haber sido proyectada, en ese momento comenzó una nueva rutina para Tae-suk, su rutina junto a Sun-hwa. A partir de entonces los movimientos de ambos se complementaron, Sun-hwa se adaptó sin esfuerzo a las actividades diarias de su nuevo compañero y las entendió sin explicación.
Pasaron algunos días.
Tae-suk y Sun hwa se enamoraron.
Por supuesto, las cosas iban a volverse difíciles, porque Tae-suk era libre, y podía desplazarse a su antojo, Sun-hwa no, y su pasado la iba a perseguir. Y la iba a encontrar. Y la iba a hacer retroceder.
Es así como, nuevamente, Tae-suk estuvo solo y tampoco pudo prevenir que sería encarcelado y que tendría que cambiar de estrategia, que tendría que desarrollar un nuevo plan. Y lo intenta todos los días, desde su encierro: aprender a desaparecer para poder salir a vivir. El nuevo plan es lento, es preciso, necesita práctica y paciencia, como un partido de golf. Es peligroso también, Tae-suk corre riesgos mientras lo desarrolla y los resultados se van apreciando despacio, demasiado despacio. Frente a estas condiciones, cualquier otro abandonaría. Tae-suk no. Él persiste. Él sabe que si continua obtendrá los objetivos que está buscando. Entonces: esperar, practicar, ocultarse, lograr, por fin, hacerse cada día un poco menos observable. Golpes, frío, tiempo perdido, cansancio, aburrimiento. Las cosas que Tae-suk tiene que tolerar para que su proyecto dé sus frutos. Las cosas que Tae-suk tolera. Y supera. Y todo eso porque abandonar su vida durante la noche, tomar de cierta forma la vida de alguien más, ser invisible o, al menos, no ser visible en la misma medida para todos, no es tan malo después de todo. Porque ser pasado por alto la mayor parte del tiempo por muchos ojos pero ser contemplado cada día por los de Sun–hwa es lo que funda la realidad para Tae-suk y la separa del sueño de la cotidianeidad.

EN BOCA DE LOBO






Magnolia o el origen de los relatos

Por: Nicolás Pose

Magnolia (Paul Thomas Anderson, 1999) comienza con un corto, en el cual el narrador-la voz en off- relata tres historias. Lo que allí se narra nos interroga acerca de cómo se originan los relatos, los hechos, y si el entrecruzamiento entre ellos es fruto de la casualidad, el destino o el azar.
En la primera historia, un farmacéutico de 1911, que vive en un lugar llamado Greenberry Hill, es asesinado en la calle por tres delincuentes: Joseph Green, Stanley Berry y Daniel Hill.
En la segunda, asistimos a un incendio forestal en Reno, Nevada, en 1983, y vemos a un hombre rana depositado sobre la punta de un árbol, mientras aviones hidrantes planean sobre el bosque apagando el fuego. Un sujeto llamado Darion, croupier de casino y afecto al buceo, está frente a Hansen, bombero divorciado con una ligera adicción al alcohol. Éste mira al croupier y le implora un dos en la mesa de Black Jack, pero Darion le muestra un ocho. Luego nos enteraremos de que el bombero, ha ido a apagar el incendio forestal con un avión hidrante, levantando del agua al buzo, lo que le ha ocasionado la muerte en el trayecto, antes de caer en la punta de un pino. El croupier y el bombero se habían conocido dos noches antes del incendio forestal.
La tercera historia, comienza cuando dos personas están discutiendo en el sexto piso de un edificio: la mujer está apuntando con una escopeta a su marido, mientras tanto, un adolescente está a punto de lanzarse de la terraza. El adolescente se lanza, y cuando pasa por el sexto piso, la mujer dispara contra su marido, errando, pero acertando en el cuerpo del suicida en plena caída. La policía llega para descubrir que los padres han asesinado a su hijo, ya que de no ser por el tiro, se hubiera salvado al caer en una tela instalada en el primer piso tres días antes del suicidio. Lo curioso es que el hijo había cargado la escopeta.
Como podemos ver, a través de estas tres historias, nos podemos preguntar si esto es fruto de la casualidad, el azar, el destino o como lo llamemos. Hay detalles, coincidencias que nos arrojan las historias para pensar en esto. El número 82 o número de la muerte, reaparece todo el tiempo: en la historia del croupier y el bombero, éste le pide un 2, pero sale el ocho; el avión del bombero lleva pintado el número 82; el cuarto donde discuten los padres de la futura víctima es el 682; cuando ahorcan a uno de los asesinos del farmacéutico, el hombre lleva el número 82. Y esto es sólo un ejemplo, porque la película es un homenaje a la simetría -hablando cinematográficamente- o un homenaje a la coincidencia, o una técnica narrativa para que se reproduzcan historias incesantemente -si hablamos de manera literaria-. Porque lo que nos muestran estas historias es que el detalle, la coincidencia, es una manera de multiplicarlas, para construir la historia de ése detalle, y, a la vez, ubicarlo en otras historias, buscando la causa en el azar o en el destino.
La próximas cinco historias que contiene la película explicitarán en casi tres horas de duración lo que se ha desarrollado en ese magistral corto que origina todo. El final surrealista de la película cerrará el ciclo: la lluvia de sapos une las cinco historias y nos retrae al hombre rana sobre el pino.
Detalles, coincidencias que, como en un policial, son los que originan las grandes historias, cosas que dejamos pasar de largo y que pueden ser fundamentales para un destino humano, para la historia, y para el arte en sí.
Magnolia, parecería decirnos que las historias nacen más del azar, la casualidad y el destino, que de la lógica, pero que para que todo sea tan absurdo y verosímil como la misma realidad, se necesita a alguien que acomode esas fichas de manera exacta para que eso sea creíble y al mismo tiempo artístico lo que, en última instancia, es el trabajo que ningún creador puede dejar librado al azar, porque la suerte siempre existe, pero con la ayuda de quien aspira a inventarla.

Magnolia (1999)

Dirección y guión: Paul Thomas Anderson
Producción: Paul Thomas Anderson, Joanne Sellar
Dirección de fotografía: Robert Elswit
Edición: Dylan Tichenor
Música original: Jon Brion
Duración: 188 min
Origen: USA
Intérpretes: Julianne Moore, William H. Macy, John C. Reilly, Tom Cruise, Philip Baker Hall, Philip Seymour Hoffman, Jason Robards, Melora Walters, Jeremy Blackman.

EDITORIAL AZAROSA SIAMESA








Por Jimena Repetto

El azar anda por ahí con sus plumas al viento. Se piensa que puede arremeter cuando le da la gana. Se sabe más seductor que el destino, más irreverente que la pura suerte. Es el vacío de la causalidad, un porque sí caprichoso que se refugia en su despojada apariencia. Creer o no creer en el azar, en un punto se vuelve una aceptación categórica, como la religión o nuestros amores. Pero que pasa, pasa y hay un punto en el que lo inesperado estalla volviéndonos personajes de nuestro propio andar.
En la ficción no, ahí están los narradores que juegan con sus piezas y hacen que los alfiles ignoren cuando los viene a mangullar una reina. Y en la vida, si bien todos vamos un poco ciegos, prefiero pensar que el azar es una flor roja al lado de la vereda, esas que crecen un poco porque sí y otro poco porque ahí debían estar.